Fotografía
1. Mi padre apoya la mano izquierda en mi hombro y sonríe a la cámara con la derecha en la cintura. Yo estoy flaco y, al parecer, algo cabreado. La foto está hecha junto a la valla de madera de una casa de fachada blanca, cerca de la playa.
No sé a qué viene esa cara, porque durante ese verano no para de sonar en la radio el ritmo del momento, tan sabroso: el chá chá chá.
Las dos personas de esa foto ya no existen. Mi padre muere pronto, en 1972. Yo he alcanzado su edad y un poco más. No queda prácticamente nada de aquel chaval de 8 años que mira enfurruñado al objetivo.
Pero si busco algún rastro más de ese verano siempre encuentro la música. Atrás, más atrás, en casa, en el patio de luces, en la radio, en algunos discos de mis hermanas que salen los domingos a bailar.
Entre ella y la que escucho ahora hay un hilo que traspasa la piel y se enreda en los ritmos, las canciones, en los sonidos de mi cuerpo alerta.
En esos días de la fotografía se oye también la voz melosa y alargada de Lucho Gatica, el rey del bolero, y por supuesto “Corazón de melón” la cara b de un disco de tapa roja con una estampa tropical.
Por cierto, el chachachá debe estar instalado al fondo de mi memoria rítmica. Mis padres ya lo bailan antes de 1955, cuando aparezco en un típico hogar de clase media de ciudad.
Dènia, agosto 1963

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